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Capítulo 2: lágrimas en la noche.

 

Después de lo que pasó con Rosa, mi mundo se sentía diferente, como si una puerta que debía permanecer cerrada se hubiera abierto de par en par. Sin embargo, la vida seguía su curso y, con el dinero que mis padres habían ahorrado con tanto esmero durante meses, por fin nos fuimos de vacaciones a la playa. Para una familia como la nuestra, humilde y trabajadora, un viaje así era un lujo casi inalcanzable, una pequeña victoria contra la rutina.

 

El hotel era modesto, pero para mí era un paraíso. Las noches eran largas y, tras un día entero de sol y mar, me quedaba hasta tarde en mi habitación, perdido en las partidas de mi celular. Esa noche en particular, el sueño me vencía, así que decidí darme una ducha rápida para refrescarme. El agua caliente corría por mi espalda, lavando el cansancio del día, cuando de repente escuché unos golpes suaves pero insistentes en la puerta de la habitación.

 

"Julián... Julián, ábreme", era la voz de mi madre, pero sonaba diferente, quebrada, llena de una urgencia que me heló la sangre.

 

Apuré el paso, salí de la ducha y me envolví apresuradamente en una toalla, sintiendo el pánico crecer en mi pecho. Al abrir la puerta, mi corazón se detuvo. Allí estaba mi madre, de pie en el umbral, con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.

 

"Mamá, ¿qué pasó? ¿Qué te ocurre?", le pregunté, acercándola y haciéndola pasar a la habitación mientras cerraba la puerta para darle un poco de privacidad.

 

Se dejó caer en la cama y, entre sollozos, me contó. "Estaba en el bar con tu padre... se fue un momento al baño y, como siempre, me dejó el celular en la mesa. No sé por qué lo hice, Julián, no sé por qué miré, pero lo hice". Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad. "Vi sus videos... con otra mujer".

 

Mi sangre se hirvió. "¿Qué clase de videos, mamá?", pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Necesitaba escucharla de sus labios, confirmar la vileza de mi padre.

 

"Eran videos de ellos... siendo... él siendo infiel", susurró, como si las palabras le quemaran la boca. "Vi cómo se, cómo... no pude más".

 

La rabia se mezcló con una tristeza profunda por ella. Me senté a su lado en la cama y la abracé con fuerza. "Estoy aquí, mamá. No estás sola", le murmuré al oído mientras su cuerpo temblaba entre mis brazos. En ese momento, el mundo exterior desapareció; solo existíamos nosotros dos, su dolor y mi consuelo. La sentía recostada en mi pecho, y era imposible no ser consciente de la presión de sus grandes y suaves bustos contra mí. Mi cuerpo, traicionero y primitivo, reaccionó. Debajo de la toalla, mi pene se endureció con una rapidez que me avergonzó, y su erección terminó por rozar el muslo de mi madre. Me quedé rígido, esperando una reacción, un rechazo, una pregunta incómoda. Pero nada. María no pareció inmutarse; quizás estaba demasiado sumida en su dolor para notarlo, o quizás, en el fondo de su ser, no le importaba.

 

"Ven, mamá", le dije suavemente, rompiendo el silencio. "Toma una ducha caliente, te hará sentir mejor. Te prepararé la cama para que descanses".

 

Asintió sin decir palabra, como una niña perdida, y se dirigió al baño. Mientras ella se duchaba, yo me movía por la habitación, extendiendo las sábanas, aplanando las almohadas, creando un pequeño nido de seguridad para ella. Cuando salió, el vapor la envolvía como un halo. Llevaba puesta la bata blanca del hotel, una tela delgada y ligera que, sin proponérselo, se adhería a sus curvas, dejando ver el contorno de su hermoso cuerpo, un cuerpo que mi padre no supo valorar.

 

 

Me desperté con el corazón latiendo desbocado y una sensación de calor que me recorría todo el cuerpo. Los restos de un sueño húmedo, en el que mi madre era la protagonista, aún flotaban en mi mente, mezclándose con la realidad de mi erección matutina. Con un gemido, me levanté de la cama, sintiendo la urgencia de aliviarme. Al dirigirme al baño, mis ojos se posaron en la figura de mi madre, dormida profundamente. La cobija se había deslizado, dejando al descubierto su gran culo, apenas tapado por una tanga blanca. La visión me dejó sin aliento, y por un momento, consideré la idea de masturbarme allí mismo, en el mismo lugar donde ella dormía. Pero el miedo a ser descubierto me detuvo, y me apresuré a encerrarme en el baño.

 


 

Horas más tarde, mientras desayunábamos, mi padre intentó hablar con mi madre, pero ella lo ignoró por completo. El ambiente estaba tenso, cargado de palabras no dichas y sentimientos reprimidos. Terminamos el desayuno en silencio y regresamos al apartamento. Allí, mientras me cambiaba, me puse una pantaloneta de tela que, sin querer, delineaba la forma de mi miembro. Mi madre, al verme, se quedó en silencio por un momento antes de preguntar: "¿Tú qué harías en mi lugar, Julián?"

 

La pregunta me tomó por sorpresa, y en mi mente se desataron una serie de pensamientos. Imaginé infinidad de escenas, cada una más morbosa que la anterior, pero me contuve. "No puedes rebajarte con otro hombre, mamá," respondí, tratando de sonar sabio y maduro. "Pero si puedes darle de la misma medicina a mi padre. Sé feliz, y en esto tienes mi apoyo".

 

Mi madre se quedó pensativa, sus ojos perdidos en el vacío mientras procesaba mis palabras. Yo, por mi parte, sentía cómo la calentura me consumía. Necesitaba liberar la tensión que se había acumulado en mi cuerpo, así que me dirigí al baño para ducharme. Bajo el chorro de agua caliente, cerré los ojos, dejando que el vapor y mis pensamientos me envolvieran. Mientras me secaba, sentí una presencia. Al abrir los ojos, vi a mi madre espiando desde la puerta entreabierta. Nuestras miradas se encontraron, y por un instante, el tiempo se detuvo. Me hice a un lado, dejando que la toalla cayera, y comencé a secar mi miembro, sintiendo cómo la calentura y mi imaginación desbordaban. Decidí vestirme rápidamente y salir del baño, necesitando escapar de la intensidad del momento.

 

 

Al salir, encontré a mi madre en la cama, su rostro serio pero sus mejillas sonrojadas, delatando la verdad. Nos quedamos en silencio, la tensión entre nosotros palpable, cargada de preguntas sin responder y deseos ocultos.

 

 

El viaje en autobús hacia una playa distinta era una oportunidad para que mi padre y yo pasáramos un tiempo a solas, algo que rara vez ocurría. Me senté a su lado, observando cómo el paisaje cambiaba a medida que nos alejábamos de la ciudad. El sol brillaba intensamente, y el calor dentro del autobús era sofocante. Mi padre, con su habitual expresión de cansancio, rompió el silencio.

 

"Julián, ¿cómo está tu madre?" me preguntó, su voz teñida de preocupación. "La he notado distante desde que llegamos aquí".

 

Suspiré, sabiendo que no podía mentir. "Está enojada, papá. Muy enojada. Encontró esos videos en tu celular, ya sabes".

 

Mi padre asintió, una mezcla de resignación y tristeza en su rostro. "Entiendo, la verdad ella está pasando por la crisis de la edad. Ya sabes cómo son las mujeres a cierta edad, buscan algo más, algo que ni tú ni yo podemos brindar".

 

Lo miré, sorprendido. "¿A qué te refieres, papá?".

 

Se inclinó hacia mí, bajando la voz para que solo yo pudiera escucharlo. "Pues esas clases de yoga y, fuera de eso, tu madre se la pasa leyendo y mirando novelas interraciales. Ya sabes, esas historias donde las mujeres encuentran a hombres más jóvenes y apasionados".

 

No pude evitar reírme. "Jajajaja, ay, papá, debes estar bromeando. Mamá no es así".

 

Mi padre me miró serio, su expresión dejándome claro que no estaba bromeando. "No te estoy bromeando, Julián. Cierto día, mientras hablaba con su hermana, ellas hablaban sobre una relación con algo más grande, algo que ni tú ni yo podemos brindar. Me entiendes, ¿verdad?".

 

Asentí, aunque en mi interior, una tormenta de emociones se desataba. La idea de mi madre buscando algo más, algo que mi padre no podía darle, me dejó pensando. ¿Acaso mi padre tenía razón? ¿Estaba mi madre pasando por una crisis que la llevaba a buscar algo diferente, algo que ni siquiera yo podía imaginar?

 

"Entiendo, papá," respondí finalmente, dándole la razón. "Quizás solo necesita tiempo para procesar todo".

 

 

Mi padre asintió, mirando por la ventana. "Solo espero que podamos superar esto. Tu madre y yo hemos pasado por mucho, y no quiero perderla ahora".

 

 

Llegamos al nuevo sitio, un lugar exuberante y lleno de vida, donde el tour nos había llevado. El sol brillaba intensamente, y el aire estaba cargado de la promesa de una tarde llena de aventuras. Mi madre, con una seguridad que rara vez mostraba, pidió los dos almuerzos y me indicó que nos sentáramos en una mesa alejada, donde pudiéramos tener algo de privacidad. Obedecí, sintiendo una mezcla de curiosidad y nerviosismo.

 

Mientras almorzábamos, mi madre rompió el silencio. "Julián, ¿de qué hablaste con tu padre en el autobús?". Su pregunta me tomó por sorpresa, y por un momento, me quedé callado, procesando. Analicé la situación, preguntándome si contar lo que mi padre me había dicho podría sacarle algo de cuerda, alguna pista sobre sus verdaderos sentimientos.

 

"Papá me dijo algo... sobre ti," comencé, sintiendo cómo las palabras se formaban en mi boca. "Dijo que creías que estabas pasando por una crisis de la edad, que buscas algo más, algo que ni él ni yo podemos brindar".

 

Mi madre me miró, sus ojos llenos de una mezcla de sorpresa y tristeza. "Ah, ¿sí? ¿Y qué más te dijo?".

 

"Que te la pasas leyendo y mirando novelas interraciales, y que quizás buscas a alguien más joven y apasionado", continué, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza.

 

Mi madre suspiró, una sonrisa triste curvando sus labios. "Tu padre siempre ha sido así, tratando de justificar sus acciones. Pero tienes razón, Julián. Tu tía me comentó algo... algo que me hizo pensar".

 

"¿Qué te comentó, mamá?".

 

"Me habló de una relación que tuvo con un chico de su cuadra. Dijo que su miembro era de un tamaño considerable, que estaba en el plus. Y que tu padre no sabía nada. Me hizo reflexionar sobre lo que realmente quiero, sobre lo que me hace falta".

 

La miré, sorprendido. "Mamá, ¿estarías dispuesta a ser infiel a papá?".

 

Negó con la cabeza, su voz firme. "No, Julián. No sería infiel. Es solo una fantasía, algo que me hace soñar. Pero no quiero arruinar nuestro matrimonio por un capricho".

 

Mientras terminábamos nuestro almuerzo, una señora se acercó a nosotros. "Buenas tardes, después del almuerzo los ubicaremos en habitaciones tipo cabaña. Y en la noche tendremos una parranda vallenata. ¿Les gustaría asistir?".

 

Mi madre sonrió, sus ojos brillando con anticipación. "Sí, por favor. Y ubíquenos en la misma cabaña, por favor. Mi hijo y yo queremos estar juntos".

 

 

 

Después de un día lleno de emociones y revelaciones, nos ubicaron en una habitación junto con mi padre. La cabaña era acogedora, con un ambiente que invitaba a la relajación. Mientras terminaba de arreglar mis cosas, noté a mi madre sonriendo con mi padre. Al acercarme, no pude evitar preguntar: "¿Se reconciliaron?".

 

 

Mi madre me miró, sus ojos brillando con una mezcla de tristeza y determinación. "Es mejor llevar la fiesta en paz, Julián. Por ahora, solo quiero disfrutar de este viaje".

 

Asentí, entendiendo su punto. La noche caía y, con ella, una energía diferente se apoderaba del lugar. Mi madre y yo bajamos juntos, listos para disfrutar de la parranda vallenata que nos habían prometido. Sin embargo, al llegar al lugar, nos encontramos con una sorpresa desagradable. La banda no había llegado, y en su lugar, las otras personas habían armado una especie de fiesta improvisada. Las luces estaban encendidas, y la música, aunque no era vallenata, era bailable y contagiosa.

 

Nos acercamos a la barra, y rápidamente le brindaron una copa a mi madre. Con un sorbo, dejó la copa vacía, sus mejillas ya sonrojadas por el alcohol. "¡Vamos a bailar, Julián!", exclamó, tomándome de la mano y arrastrándome a la pista.

 

La música nos envolvió, y pronto nos encontramos moviéndonos al ritmo, dejando que el alcohol y la energía del momento nos guiaran. A medida que avanzaba la noche, y la madrugada se acercaba, noté que mi padre se había perdido de vista. Mi madre, cada vez más llevada por el alcohol, se encendió aún más cuando pusieron una canción moderna y pegajosa. Sin pensarlo, comenzó a mover sus grandes nalgas, pegando su culo contra mis muslos. Sentí cómo mi cuerpo respondía instantáneamente, mi excitación creciendo con cada movimiento.

 

Borrachos y sin inhibiciones, nos movíamos al ritmo de la música, nuestros cuerpos pegados, nuestras respiraciones entrecortadas. La noche se volvió un torbellino de sensaciones, donde lo permitido y lo prohibido se mezclaban en una danza peligrosa. Y allí, en medio de la pista, con mi madre pegada a mí, sentí cómo algo dentro de mí se rompía, dándole paso a un deseo que ya no podía contener.

 

Continuamos bailando, nuestros cuerpos pegados, y sentí cómo mi pene erecto buscaba desesperadamente meterse entre las nalgas de mi madre. Ella, ajena a mi deseo o quizás consciente de él, seguía moviéndose al ritmo de la música, sin decir una palabra. La canción terminó, y con una voz suave pero firme, me dijo: "Acompáñame a la habitación, Julián".

 

Acepté, mi corazón latiendo con fuerza, sabiendo que algo iba a pasar. Mientras subíamos las escaleras, mi pene palpitaba, anticipando lo que estaba por venir. Al llegar a la habitación, noté que mi padre no estaba. No me importaba buscarlo; en ese momento, solo existíamos mi madre y yo.

 

Mi madre se metió al baño, y yo me quedé mirando por la ventana, mis pensamientos corriendo a mil por hora. De repente, escuché su voz: "Julián, ven, bailemos esa canción". La luz era tenue, y comencé a bailar, aunque me sentía ridículo. Pero en ese momento, nada importaba. Ambos estábamos en otro mundo, un mundo donde solo existíamos nosotros y nuestros deseos.

 

Mi madre, de espaldas contra mí, sentía mi pene erecto mientras movía sus caderas. La guie lentamente hacia la cama, donde la acomodé en cuatro. Comenzó a menear su culo, rozando mi miembro, y sentí cómo la excitación me consumía. Con manos temblorosas, bajé los pantalones de mi madre, deslizando lentamente su tanga. Ante mí, se revelaba una visión que nunca había visto: su vagina, estrecha y deliciosa, con uno que otro vello que solo aumentaba su atractivo.

 

"Juguemos juntos, tú también bájate el pantalón", me dijo, su voz teñida de deseo. Obedecí, bajándome el pantalón de un tirón, liberando mi erección. Mi madre, aún en cuatro, me miró por encima del hombro, sus ojos llenos de lujuria. "Vamos a realizar solo estiramientos", susurró, una sonrisa traviesa curvando sus labios.

 

 

 

Con mi pene cerca de la vagina de mi madre, comencé a ayudarle a estirar, rozando mi miembro contra sus nalgas mientras ella gemía y meneaba el culo. La visión de su vagina, húmeda y tentadora, me volvía loco. Sus labios vaginales, rosados y hinchados, brillaban con sus fluidos, invitándome a explorar cada rincón de su intimidad. Me acerqué, dejando mi cabeza cerca de su entrada, anticipando el momento en que finalmente me permitiría entrar.

 

Excitado más allá de lo imaginable, tomé mi pene por la cabeza y comencé a sobarlo contra su vulva. Mi madre gemía, su cuerpo temblando con cada roce, mientras soltaba fluidos de a gota, humedeciendo aún más la cobija. Aumenté el ritmo de mis movimientos, sintiendo cómo su cuerpo respondía al mío, sus caderas temblando mientras soltaba algo que parecía orina, pero que ambos sabíamos que no lo era. La cobija se mojaba, y con mis manos, froté su capullo vaginal, sintiendo cómo seguía soltando esa "lluvia mágica".




 

 

"Ay, Julián, me encantan estos estiramientos", susurró, su voz teñida de placer y deseo. En ese momento, me atreví a intentar meter mi pene, pero no logré penetrar. Mi madre se echó hacia delante, sonriéndome por encima del hombro. "Aún no, mi vida", dijo, su voz llena de promesas.

 


 

Me reí para no llorar, sintiendo una mezcla de frustración y anticipación. En ese instante, escuchamos que alguien intentaba abrir la puerta. Salí corriendo a mi cama, mi corazón latiendo con fuerza, mientras mi padre entraba en la habitación. Miró todo en silencio, guardó su teléfono y, al acostarse en la cama, le preguntó a mi madre: "Amor, ¿por qué está la cobija mojada?".

 

 

 

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