El año 2018 marcó un antes y un después en mi vida. Acababa de ingresar a la universidad, un mundo nuevo y emocionante que prometía ser el comienzo de una etapa llena de descubrimientos y cambios. Me llamo Julián, y soy un chico moreno, alto y de contextura delgada. La universidad era mi escape, un lugar donde podía ser yo mismo sin las ataduras de mi vida cotidiana.
En casa, la situación era diferente. Mi madre, María, era una mujer que con el pasar de los años se había vuelto cada vez más hermosa. Su belleza era de esas que maduran con el tiempo, y ella lo sabía. Ama de casa dedicada, pasaba sus días entre las tareas domésticas y sus amadas lecturas. A menudo la encontraba perdida en un libro, con una expresión de tranquilidad y concentración que siempre me había fascinado.
Mi padre, Hernando, era todo lo contrario. Trabajaba en construcción y prefería pasar más tiempo fuera de casa que dentro. Era un buen hombre, siempre cumplidor con sus deberes, pero no un buen esposo. Su ausencia constante había creado un vacío en nuestra familia, un vacío que, sin darme cuenta, me estaba preparando para llenar de una manera inesperada.
El verano avanzaba, y con él, mi relación con mi madre se volvía cada vez más intensa. María, mi madre, siempre había sido una mujer hermosa, pero con el tiempo, había ganado peso. Su figura, antes esbelta, se había redondeado, y aunque a ella no parecía importarle, a mí me preocupaba. Quería verla feliz y saludable, y creía que el ejercicio podría ser la solución.
“Mamá, ¿por qué no intentamos ir al gimnasio juntos?” le sugerí una mañana, mientras desayunábamos. Ella me miró con sorpresa, pero también con un brillo de interés en sus ojos.
“¿Tú y yo? ¿En el gimnasio?” preguntó, sonriendo.
“Sí, podría ser divertido. Y quién sabe, quizás hasta nos ayude a pasar más tiempo juntos,” respondí, encogiéndome de hombros.
Y así, comenzó nuestra nueva rutina. Dos veces por semana, después de mis clases, nos dirigíamos al gimnasio local. Al principio, era incómodo. Ambos éramos principiantes, y nos sentíamos fuera de lugar entre las máquinas y los pesos. Pero con el tiempo, nos fuimos adaptando. María, especialmente, se destacó en las clases de yoga. Su flexibilidad y gracia natural la hacían destacar, y yo no podía evitar admirarla.
En una de nuestras sesiones, mientras le ayudaba a ajustar su postura en una de las posturas más avanzadas, sentí algo que me dejó sin aliento. Mis manos, al corregir su posición, rozaron la suavidad de sus glúteos. Fue un contacto breve, pero suficiente para que sintiera un escalofrío recorrer mi espalda. María, ajena a mis pensamientos, continuó con su práctica, y yo me quedé allí, tratando de procesar lo que había sentido.
Los días siguientes, cada vez que la acompañaba a casa después del gimnasio, no podía evitar mirarla de una manera diferente. Su figura, ahora más tonificada, se veía aún más atractiva. Y en una ocasión, mientras nos deteníamos en una tienda de jugos para tomar una limonada, no pude evitar fijarme en cómo sus leggings se ajustaban a su cuerpo. Sus glúteos, redondos y firmes, se veían provocativos, y me encontré a mí mismo sin poder apartar la mirada.
Esa noche, mientras yacía en mi cama, no podía dejar de pensar en lo que había sentido. Era una mezcla de emociones que no sabía cómo manejar. Por un lado, estaba la lealtad y el respeto que siempre había tenido hacia mi madre. Por otro, había algo más, algo nuevo y desconcertante.
Los días pasaban, y mi obsesión por mi madre crecía. Cada pequeña interacción, cada mirada, se volvía más intensa. Una tarde, mientras acompañaba a María al supermercado, no pude evitar fijarme en cómo sus leggings se ajustaban a su cuerpo. Al agacharse, la tela se tensaba, revelando las líneas de su tanga. Era un detalle pequeño, pero suficiente para que mi mente se llenara de pensamientos que no podía controlar.
"Mamá, te veo cansada," le dije mientras empujábamos el carrito de compras. "¿Todo bien?"
Ella suspiró, una mezcla de cansancio y resignación en su voz. "Es solo el trabajo, Julián. Ya sabes cómo es."
"No, no lo sé," respondí, decidido a indagar más. "Parece que hay algo más. ¿Es por papá?"
María se rió, pero fue una risa sin alegría. "La pasión murió hace años, Julián. Tu padre y yo... ya no somos lo que éramos."
"¿Por qué?" pregunté, sorprendido. "¿Por qué seguir juntos si no hay pasión?"
Ella me miró, sus ojos reflejando una mezcla de tristeza y determinación. "Por convivencia, Julián. Hemos pasado por tantas cosas juntos. No es fácil simplemente dejarlo ir."
Asentí, entendiendo, pero también sintiendo una punzada de tristeza por ella. Al llegar a casa, noté que mi padre no estaba. Su teléfono, sin embargo, descansaba sobre la mesa del comedor. Sabía su clave, ya que solía configurar su teléfono para él, y sin pensar, lo tomé y comencé a revisar sus chats.
Las conversaciones eran comprometedoras, llenas de insinuaciones y promesas. Pero lo que realmente me impactó fue cuando entré en la galería de fotos. Al principio, eran imágenes normales, pero al bajar más, encontré algo que me dejó sin aliento. Fotos de mi madre, sin ropa interior, su cuerpo expuesto de una manera que nunca había visto. La visión de su piel desnuda, sus curvas, me dejó sin palabras.
Y entonces, lo vi. Un vídeo, marcado con una fecha que indicaba que había sido grabado hace años. Con el corazón latiendo con fuerza, lo abrí. La pantalla se llenó con la imagen de mis padres, jóvenes y apasionados, en un momento de intimidad que nunca había imaginado. Observé, incapaz de apartar la mirada, mientras mi padre y mi madre se movían juntos, sus cuerpos entrelazados en un baile de deseo y necesidad.
La cámara capturó cada detalle, cada susurro, cada gemido. Y entonces, vi a mi madre de una manera completamente nueva. Su cuerpo, su expresión, todo en ella me atraía de una manera que no podía explicar. Su vagina, apretada y húmeda, me causaba una excitación que nunca había sentido antes. Algo en ella, algo en la manera en que se movía, en cómo se entregaba, me hipnotizaba.
Las clases en la universidad se volvieron más interesantes cuando comencé a explorar grupos y foros dedicados a vídeos caseros. Me encontré sumergido en un mundo de intimidad y deseo, donde cada clip revelaba algo nuevo sobre la naturaleza humana. Con el tiempo, descubrí que mi atracción hacia las mujeres jóvenes había disminuido. Las curvas y la experiencia de una mujer madura, como mi madre, comenzaron a fascinarme de una manera que no podía ignorar.
Un fin de semana, mi madre y yo decidimos ir de viaje al río. Era un lugar donde solíamos ir cuando era niño, y la idea de revivir esos recuerdos juntos me emocionaba. En el camino, nos detuvimos a recoger a una señora llamada Rosa, una amiga de la familia que vivía en las afueras de la ciudad. Durante el viaje, Rosa no paraba de hablar. “Julián, te ves tan grande ahora,” decía, sonriendo. “Me recuerdas tanto a mi hijo. ¿Sabes? Él también estudia en la universidad.”
Asentí, escuchando solo a medias, mientras observaba el paisaje pasar. Al llegar al río, el sol brillaba intensamente, y el agua invitaba a sumergirse. Me lancé al agua, sintiendo la frescura contra mi piel. Al salir, me dirigí al kiosco donde mi madre y mi padre estaban. Mi madre bailaba con mi padre, riendo y disfrutando del momento. Fue una escena que me dejó una mezcla de sentimientos: alegría por verla feliz, pero también una punzada de celos.
Mientras observaba, noté a Rosa sentada sola en la orilla del río. Me acerqué, curioso. “¿Por qué estás sola, Rosa?” le pregunté, sentándome a su lado.
“Ah, Julián,” suspiró. “Mi hija está arriba con su marido. Ya sabes cómo es, los jóvenes necesitan su espacio.”
“Entiendo,” respondí, asintiendo. “A veces, los adultos también necesitamos nuestro espacio, supongo.”
Rosa se rió, una risa cálida y genuina. “Tienes razón, Julián. Pero a veces, ese espacio puede ser solitario. Me alegra tener compañía como la tuya.”
“Gracias, Rosa,” dije, sintiendo una conexión inesperada con ella. “Es un placer estar aquí contigo.”
Rosa me miró, sus ojos reflejando una mezcla de tristeza y gratitud. “Sabes, Julián, a veces me siento como si nadie me entendiera. Mi hija y su marido son jóvenes, y yo… yo solo quiero sentirme útil.”
“Estoy seguro de que eres muy útil, Rosa,” respondí, tratando de consolarla. “Solo necesitas encontrar el lugar donde puedas brillar.”
Ella sonrió, pero su sonrisa no alcanzó sus ojos. “Ojalá fuera tan sencillo, Julián. Pero gracias por escucharme. Eres un buen chico.”
Rosa dudó por un momento, luego asintió. “Julián. Me gustaría que me acompañaras al carro. Necesito sacar unas cosas, pero esa puerta es dura de abrir.”
“Por supuesto, Rosa,” respondí, levantándome. “Vamos, te ayudaré con eso.”
Acompañé a Rosa al carro, la puerta del vehículo se abrió con un chirrido, revelando el interior oscuro y fresco. Mientras ella se inclinaba para buscar algo en el asiento trasero, aproveché la oportunidad para aliviarme. Me dirigí a un arbusto cercano, sintiendo la urgencia de mi vejiga. Al terminar, me abroché el pantalón y me dirigí de nuevo al carro, curioso por saber si Rosa había encontrado lo que buscaba.
Al asomarme, mi corazón dio un vuelco. Rosa, inclinada sobre el asiento, dejaba al descubierto su generoso trasero cubierto por una bragas, que se asomaba por debajo de un camison grande que tenía. La visión de su ropa interior, un sencillo sostén de calzon de color claro, me dejó sin aliento. Sentí una oleada de excitación recorrer mi cuerpo, y mi mente comenzó a trabajar a toda velocidad. "El carro está alejado," pensé, "y no hay nadie que nos vea. Si fallo, siempre puedo negar todo."
Con mi pene ya erecto, decidí acercarme. Me posicioné detrás de Rosa, arrimando mi miembro contra sus nalgas. "¿Necesitas ayuda, Rosa?" pregunté, tratando de mantener la voz firme.
Rosa se quedó quieta por un momento, y sentí cómo su cuerpo se tensaba. Pero no dijo nada. "No encuentro mi bloqueador," respondió finalmente, con una voz que temblaba ligeramente.
Seguí acariciando su nalga con mi pene, sintiendo cómo la tela de su vestido de baño se deslizaba contra mi piel. "Deberíamos entrar al carro," sugirió Rosa, su voz ahora más firme. "Así podré buscar mejor."
Asentí, entrando al vehículo con la excusa de ayudarla. Una vez dentro, Rosa me empujó suavemente hacia el asiento del conductor. Sus manos, cálidas y suaves, comenzaron a recorrer mi vientre, deslizándose hacia abajo hasta llegar a la cinturilla de mi pantalón. Con un movimiento hábil, metió la mano dentro de mi pantaleta, sacando mi pene erecto.
"Déjame ver qué tienes," murmuró, su voz llena de anticipación. Respiré profundo, sintiendo cómo mi corazón latía con fuerza. Cuando Rosa sacó mi pene, suspiró. "Uy, mi amor, pero qué buen guardado tienes," dijo, su voz llena de admiración.
"Es todo tuyo," respondí, siguiendo el juego, mi voz teñida de deseo.
Rosa se inclinó hacia adelante, sus labios rozando la punta de mi pene. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda mientras ella comenzaba a ensalivarlo, preparándolo para lo que vendría a continuación. Su lengua, cálida y húmeda, recorrió toda la longitud de mi miembro, enviando oleadas de placer a través de mi cuerpo.
Rosa, con una destreza que me sorprendió, comenzó a chupar mi pene con una intensidad que me dejó sin aliento. Su boca, cálida y húmeda, envolvía mi miembro con una presión perfecta, mientras su lengua trazaba círculos alrededor de la sensible punta. Cada movimiento de sus labios y su lengua enviaba oleadas de placer a través de mi cuerpo, haciendo que mis caderas se movieran involuntariamente al compás de sus caricias.
Sus manos, suaves y exploradoras, acariciaban mis muslos, subiendo y bajando en una danza erótica que me volvía loco. Podía sentir cómo mi excitación crecía con cada segundo, mi respiración se volvía más pesada y mis gemidos más audibles. Rosa, ajena a mi estado, continuaba su labor con una dedicación que me dejaba sin palabras.
Después de un rato, Rosa se sacó mi pene de la boca, sus labios brillantes y rojos. "Toda tuya, mi amor," murmuró, posicionándose en cuatro patas en el asiento del carro. Con un movimiento lento y provocador, se bajó la ropa interior, revelando su vagina, húmeda y lista para mí.
Me acerqué por detrás, sintiendo una mezcla de anticipación y nerviosismo. Mis manos temblorosas recorrieron sus nalgas, apretándolas suavemente antes de separarlas para revelar su entrada. Incliné mi cabeza, mi lengua encontrando su clítoris, saboreando sus jugos con un toque salado y amargo. Rosa gimió, su cuerpo temblando con cada lamida, mientras mis dedos se deslizaban dentro de ella, explorando sus profundidades.
Me levanté, guiando mi pene hacia su entrada. Con un empujón lento pero firme, me hundí en ella, sintiendo cómo sus paredes vaginales se abrían para mí, calientes y acogedoras. Comencé a moverme, mis caderas encontrando un ritmo que nos hacía gemir a ambos. Cada empuje me acercaba más al éxtasis, mientras los gemidos de Rosa llenaban el interior del carro, mezclándose con el sonido de nuestra piel chocando.
La incomodidad del espacio limitado solo aumentaba nuestra excitación. Rosa, con cada gemido, me instaba a seguir, sus manos agarrando el asiento con fuerza. Sentí cómo mi orgasmo se acercaba, mi cuerpo tenso y listo para liberarse. Con un último empujón, me vine dentro de ella, mi semen llenándola completamente.
Rosa, rápidamente, se subió la ropa interior, asegurándose de que nada cayera en el asiento del carro. Nos quedamos allí por un momento, recuperando el aliento, antes de salir del vehículo. Regresamos al río, nuestras caras rojas y nuestras sonrisas cómplices.
Esa noche, mientras yacía en mi cama, no podía dejar de pensar en lo que había sucedido. La sensación de la vagina de Rosa, cómo se abría para mí, cómo sus paredes se apretaban alrededor de mi pene, y sus gemidos, que me hacían palpitar más rápido. Cada recuerdo me excitaba de nuevo, y no podía evitar comparar, en mi mente, la pasión de Rosa con la belleza de mi madre.
Gracias amigos por leer mi relato, espero les guste y seguiré trayendo la continuación de mis otros proyectos, espero vayan a seguirme a mis redes y gracias por su atención.
Instagram: https://www.instagram.com/_ghost_1079?igsh=eTNjaW40b3A2MWF0







No hay comentarios.:
Publicar un comentario